Tal día como hoy en 1877, un ingeniero alemán llamado Nicolaus August Otto consiguió en Estados Unidos la patente de algo que cambiaría la historia del transporte: el motor de cuatro tiempos, también conocido como ciclo Otto.
Este ciclo —resumido con la pegadiza frase en inglés “suck, squeeze, bang, blow”— describe sus cuatro fases fundamentales:
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Admisión (suck): el motor “inhala” la mezcla de aire y combustible.
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Compresión (squeeze): esa mezcla se comprime para prepararla para la explosión.
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Explosión (bang): una chispa la enciende, liberando energía.
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Escape (blow): los gases resultantes son expulsados para comenzar de nuevo el ciclo.
Hasta entonces, los motores eran más toscos, ineficientes y poco prácticos. El invento de Otto permitió crear motores más potentes, fiables y compactos, sentando las bases de los automóviles, motocicletas y prácticamente cualquier máquina con motor de combustión interna del siglo XX.
Aunque hoy convivimos con motores eléctricos y otras tecnologías más limpias, el legado de Otto sigue vivo en millones de vehículos. Aquella patente de 1877 no solo fue un papel firmado: fue la chispa que encendió la revolución del transporte moderno.
